Entrevista a Pablo Romero García, filósofo uruguayo

Al momento de referirnos a debates públicos sobre educación y filosofía en nuestro país, uno de los principales referentes y exponentes que vienen a nuestra mente es Pablo Romero García. Es profesor de Filosofía egresado del Instituto de Profesores Artigas (IPA), cursó la Licenciatura en Filosofía de la FHCE-UDELAR y está Maestrando en Política y Gestión de la Educación (CLAEH). Es fundador y coordinador del Proyecto Cultural Arjé, se desempeña actualmente como docente de Filosofía y de Informática en educación secundaria; y como docente de Ética en Universidad del CLAEH.

Conferencista sobre temas filosóficos, educativos y culturales tanto a nivel nacional como regional, participa asiduamente en los medios de comunicación. Columnista en Cooltivarte, Contratapa, Uypress, Semanario Voces y Agresor. Se destaca también por haber sido columnista de Filosofía en Radio El Espectador, en el canal televisivo Tevé Ciudad en el programa Ciudad Más, y sobre todo con su participación televisiva en la serie Merlí.

Recientemente presento su libro “Sobre el Sentido de Educar”, obra ganadora del Certamen de Ensayos “Educación: la construcción permanente del futuro. Continuidades y desafíos de la enseñanza en Uruguay”.

Para conversar sobre el libro, la situación actual de la educación y los desafíos por delante, presentamos la siguiente entrevista:

– ¿En qué momento surge la inquietud y la necesidad de dar vida a “Sobre el Sentido de Educar”?

– Desde comienzos del 2020 venía recopilando mis ensayos, artículos, conferencias, diálogos con los medios de comunicación, realizados en los últimos diez años, en el entendido que ya había a lo largo de esos planteos un núcleo definido de inquietudes, un marco teórico y de propuestas identificables, analizables, con un hilo narrativo claramente asentado en el campo de la filosofía de la educación. Y estaba en ese camino cuando se presenta la convocatoria abierta del Certamen de Ensayos 2020 “Educación: la construcción permanente del futuro. Continuidades y desafíos de la enseñanza en Uruguay”, que contaba con un prestigioso jurado de colegas.

Y allí decido ajustarme a las condiciones de la convocatoria, en cuanto a la acotación del tema y la extensión del trabajo, presentándome y finalmente ganando el certamen, el cual tenía un premio monetario y, lo que más me interesaba, la posibilidad de que el libro fuese publicado por un sello editorial importante como Ediciones B, de Penguin Random House. Así que Sobre el sentido de educar nace de un doble movimiento: el que venía forjando desde hace varios años a partir de mi tarea de reflexionar y producir más allá del espacio del aula, de asumir la importancia de la docencia como una tarea intelectual desde la cual el educador participa e incide públicamente en su comunidad, y el de la oportunidad que se presentó con el certamen de ensayos.

 – ¿Cuáles son los ejes temáticos del libro?

– Luego del fallo del jurado y ya encaminado el texto rumbo a su publicación, a partir de la sugerencia del colega Juan Pedro Mir, integrante del jurado que premió mi obra, ordené el libro en cinco lineamientos, reorganizando el material inicialmente presentado. Los ejes finalmente presentes son: Cultura y educación; Formación docente; Desigualdad y exclusión; Nuevos tiempos, nuevas oportunidades; y El papel de la filosofía y las humanidades.

 – ¿Cuál es la significación de ser docente en nuestro país?

– Ni más ni menos que la de ser el motor fundamental de la construcción del presente y futuro de nuestra sociedad. Los valores de una sociedad, su capacidad intelectual, el nivel de sus debates públicos, la calidad de su democracia se mide en buena medida por el impacto y significado social que tiene la tarea docente. Dime qué lugar tienen maestros y profesores en una comunidad y te diré que clase de comunidad tienes.

No hay profesión alguna, no hay oficio alguno, que no se haya forjado bajo la tutela de maestros y profesores. Es una tarea propedéutica, o sea, es la base constitutiva de los pilares de una comunidad y de la formación de los sujetos que la integran. Cubre, pues, lo esencial de la dimensión individual y colectiva de una sociedad. Y en países como los nuestros, anclados en la región más desigual del mundo, superando incluso al África subsahariana, tal como lo siguen remarcando los recientes informes de Naciones Unidas y Cepal, la tarea del docente cobra una mayor significación, la de ser un elemento clave en la búsqueda de la igualdad a partir de la formación educativa, de la formación cultural.

– ¿Cuáles son los desafíos que se han debido enfrentar en este marco de emergencia sanitaria?

– La pandemia ha exacerbado diferencias entre lo privado y lo público y -dentro de lo público- entre los quintiles más hundidos respecto de aquellos considerados más favorecidos, afectándose negativamente durante estos meses las brechas sociales y culturales ya existentes. El principal desafío es la afectación en relación con esas brechas. Luego podremos discutir, por ejemplo, si las dinámicas virtuales de aprendizaje han llegado para incorporarse definitivamente, pero no podemos pensar en formatos de educación híbrida, alternando lo presencial y lo virtual, si no se atienden debidamente las condiciones previas que condicionan a nuestros alumnos y a nuestro sistema educativo en relación con el aprovechamiento y rendimiento en el campo de la virtualidad.

Ingresar en ese terreno sin contemplar lo que la situación nos ha enseñado respecto de aquellos sectores que rápidamente han abandonado la educación por medios virtuales, podría resultar en un nuevo modo de profundizar las diferencias sociales, sacando particularmente provecho los alumnos de niveles más favorecidos (algo muy bueno para ellos, por supuesto. Siempre hay que apostar a alcanzar el mejor nivel posible del alumnado), pero afectando claramente a aquellos estudiantes de niveles previos más bajos, cuestión que, en los momentos de pandemia con migración pedagógica a la virtualidad, ha quedado demostrado que efectivamente sucede.

El principal problema por atender es el déficit de capital cultural que tenemos en buena parte de nuestro alumnado, los problemas que incluso tienen para organizar mínimamente el trabajo escolar en sus hogares. Cómo acercar a aquellos que están quedando al margen de la sociedad del conocimiento -más allá de tener todas las herramientas tecnológicas con las que contamos y las posibilidades materiales de acceso a Internet y a plataformas educativas- es nuestra principal preocupación, porque el problema de fondo sigue siendo cultural. Y remite, por lo tanto, a uno de los papeles claves que cumple el sistema educativo.

 – ¿Cuál debería ser el rol de los docentes en la sociedad?

– El de un profesional del conocimiento que se desempeña como un hacedor de cultura y de valores deseables de circular en una sociedad. Y siempre desde un rol que es fundamentalmente ético, más allá del formativo a nivel estricto del campo del conocimiento: un docente que no se indigne frente a la desigualdad existente, que no pretenda generar la mayor igualdad de oportunidades para sus alumnos, no ha comprendido cabalmente de qué va su tarea.

Hay una dimensión ética ineludible en nuestra profesión que se relaciona con la equidad, con la inclusión de los excluidos, asunto particularmente importante en Latinoamérica y en el marco de la llamada sociedad del conocimiento. Un docente indiferente, que se concentra en enseñar únicamente sus contenidos disciplinares y le da lo mismo quién aprende o no con relación a los condicionamientos sociales y culturales que atraviesan nuestros jóvenes, debería dedicarse a otra cosa. Colocar sellos de aprobación como si fuésemos inspectores de calidad de productos de un Laboratorio dista mucho de lo que la profesión docente implica.

 – Respecto a recientes discusiones referentes al concepto de laicidad ¿Qué es y qué no es laicidad?

– Es un tema central, que da para un libro entero. Voy a intentar contestarlo del modo más sintético posible: la laicidad tiene que ver con el respeto por la libertad y autonomía intelectual del otro, con mostrarle todas las grillas de opciones posibles en relación con un tema, sin caer en maniqueísmos, manipulaciones, sin flecharle la cancha desde nuestra perspectiva ideológica.

En sociedades cada vez más diversas, cada vez más plurales, el cómo tramitamos los diferentes puntos de vista es lo que determina nuestro nivel de cuidado y respeto a la laicidad, particularmente en cuanto de las limitaciones que debe tener, o sea, respecto de no terminar avasallando libertades ajenas en nombre de las propias. Yo puedo ser un devoto creyente o un fanático hincha de un equipo de fútbol o un decidido partidario de tal partido político, pero lo que debo evitar a toda costa, y particularmente en el campo educativo, es ingresar al aula con el fin de evangelizar a los alumnos.

Tener perspectivas propias es deseable y fundamental, sobre todo si somos educadores. Yo las tengo claramente y las he manifestado, por cierto, en las respuestas anteriores, pero lo que es violatorio de la laicidad es el adoctrinamiento, el considerar que somos poseedores de la verdad absoluta y que nuestra tarea consiste en llevar la buena nueva por el mundo, sin necesidad de mostrar opciones y matices.

Si discutimos la LUC, por ejemplo, yo puedo tener una posición marcada al respecto, pero lo que nunca puedo dejar de hacer es que, si se genera un debate al respecto no ser el principal promotor de mostrar todos los argumentos posibles, todas las caras posibles del asunto, intentando dar a mis alumnos las mayores herramientas reflexivas posibles de considerar. Somos propiciadores de autonomías no de fieles devotos de nuestras miradas sobre el mundo.

 – ¿Educar es un acto político?

– Todo acto educativo es un acto político (y viceversa, por cierto), pero en el sentido más amplio de la concepción de la política. Y esto se ata claramente con tu pregunta anterior. Educar es abrir las posibilidades del diálogo, habilitar constructivamente el disenso, mostrar en todo lo posible las diversas aristas que presenta un tema, generar la capacidad de reflexión y autonomía en el otro, en ese alumno que se está construyendo como sujeto pensante, como sujeto que valora. Este es el acto político central que honra a nuestra profesión y desde el cual construimos la polis que habitamos, desde el cual forjamos los valores republicanos, desde el cual constituimos los principios éticos que están en relación con el bien común, el cual no puede tener otra base que el de pregonar la mirada más allá del ombligo de un y proceder con anclaje en la virtud dialogante.

 – ¿Qué desafíos enfrenta la educación en los nuevos tiempos?

– Muchos y variados, pero hay una realidad ineludible por la cual comenzar a reflexionar, particularmente en nuestro contexto local: solo 4 de cada 10 jóvenes culminan la educación media superior en Uruguay. Estamos últimos en materia de egresos a nivel de Latinoamérica. Es una tragedia social, que compromete el futuro de nuestros jóvenes y de la sociedad en su conjunto. Y dentro de ese escaso universo de egresados de la cada vez más básica educción secundaria, solo un 18% pertenece a los quintiles más bajos.

Manteniendo estos números, vamos a tener una generación de recambio muy comprometida en su formación educativa, contando ya con menos de la mitad de la población con estudios medios concluidos. Como revertir este panorama es el principal desafío que enfrentamos. Debemos pensar el cómo, pero comenzando por el para qué y el por qué. O sea, preguntarnos por el sentido de educar antes que por la cuestión meramente instrumental metodológica. Llevamos décadas pensando al revés, viendo qué método de aprendizaje aplicamos, cómo actualizamos la enseñanza áulica a los nuevos tiempos, cómo captamos la atención de un alumnado que es un disperso nativo digital, viendo qué reforma constituimos a nivel curricular, pero sin la base principal firme y clara, sin aterrizar debidamente en la principal interrogante: ¿para qué educar? ¿por qué educar en este siglo XXI?

La pregunta por el sentido del acto educativo ha sido la gran pregunta ausente. Y los resultados frente a tal omisión son parte de lo que está a la vista en cuanto a los resultados y los consecutivos fracasos de reformas educativas. A lo sumo, hemos tenido rumbos instrumentales atados a metodologías educativas que piensan al sujeto en relación a la matriz productiva y el ámbito laboral, a competencias que formen trabajadores que parece requiere el cambiante siglo XXI. He ahí los resultados. Reformas sin “alma humanista”, que son las que en lo esencial hemos tenido, han sido propuestas que fracasaron antes de nacer. Mi libro aborda básicamente este asunto, así que los invito, desde esta pregunta en particular, a leerlo y a generar un diálogo en relación con los planteos y propuestas concretas allí planteados.

 – ¿Qué lugar ocupan las nuevas tecnologías?

– Un lugar vital. Y por eso mismo es clave reflexionar en relación a su uso. Comencé a trabajar en educación en momentos de una fuerte eclosión en el campo de las nuevas tecnologías y he vivenciado de primera mano las bondades que traen consigo a la hora de construir conocimiento, pero debo decir, también claramente, que no todo es positivo.

Hay un signo de interrogante, sobre todo en relación con la capacidad reflexiva que se desprende del uso que le están dando las nuevas generaciones. Por ejemplo, las nuevas tecnologías informativas nos aportan muchas cosas que ya están digeridas y los alumnos cada vez están menos acostumbrados a la tarea de reflexionar sobre esa información por sí mismos, asumiendo sin más el contenido de aquel producto que ya está concluido y validado por simplemente estar en la red.

Creo que también han resultado un problema en muchos de nuestros alumnos en cuanto a los graves inconvenientes que presentan para poder concentrarse y en relación al recorte lingüístico, en tanto las nuevas tecnologías nos han ido formando en la exigencia de una comunicación muy básica, breve,  recortada y, de ser  posible, carente de complejidad reflexiva. O sea, todo lo opuesto de lo que el proceso educativo requiere (y que el sistema educativo espera…aunque cada vez menos, visto el panorama reinante).  Dedico buena parte del tramo final del libro a analizar este asunto.

– Sobre los cuestionamientos hacia la formación docente ¿Cuáles son las claves para su mayor profesionalización?

– La formación docente ocupa un eje completo del libro. Vengo investigando hace años respecto del momento -y de las consecuencias que todavía padecemos- de la separación de la enseñanza secundaria del ámbito de la universidad, situación que se suscitó en nuestro país a mediados del siglo XX. La mirada sobre la historia de la enseñanza secundaria en Uruguay es necesaria y reveladora para comprender la situación actual de la formación docente en nuestro país y para trabajar sobre su proyección futura. La separación de la enseñanza secundaria de la Universidad, resuelta en un contexto de crisis institucional del país, sin un debido debate e impulsando un divorcio entre un perfil docente apuntando a las necesidades sociales y prácticas del contexto del alumnado de secundaria y otro perfil apuntando a la libre formación e investigación universitaria, terminó a la larga afectando a ambos niveles (secundaria y universidad) y es un problema fuertemente presente, de delicado costo intelectual y cultural para el país.

Se debe trabajar fuertemente en volver a dotar a los docentes de un perfil sustentado en la investigación, que complemente los aspectos vinculados a la formación didáctica y pedagógica. Este debe ser el principal cometido del Consejo de Formación en Educación en relación con los estudiantes de formación docente, a la par que se debe profundizar en el mismo sentido con los docentes ya en ejercicio, generando las mejores condiciones posibles para la formación permanente, un déficit enorme de nuestro sistema educativo, particularmente en el interior del país, que todavía sufre la política centralizadora que ha signado la historia cultural del Uruguay. Formar en investigación, potenciar la formación permanente, apostar fuertemente por la descentralización. Estos son los tres ejes claves para profesionalizar la formación docente.

 – ¿Cómo se deben abordar las desigualdades estructurales desde el campo educativo?

– Trabajando de modo diferenciado con el diferente, con el que ingresa al sistema educativo con un hándicap formativo y cultural evidente. O sea, buscando realmente incluir al excluido con base en las desigualdades estructurales. Y no me refiero a arrojar este problema al aula y que el docente vea cómo puede arreglarse. Hemos tenido una idea y una práctica muy errónea respecto de lo que incluir significa. Y pensamos que todos deben tener y transitar el mismo recorrido formal, que eso es garantizar el derecho a la educación. Pues, no, no va por ahí el mejor intento de solución.

Hay que priorizar la conformación de planes alternativos, de grupos reducidos, de trabajo más específico con el alumnado más vulnerable en términos culturales, pensando incluso en nuevas instituciones que atiendan particularmente esta realidad. Tratar igual al diferente es vulnerarlo. Se debe tratar diferente al diferente, ejercer una discriminación positiva y perderle el miedo al discurso de la corrección política sobre la inclusión, que simplemente ha generado mayor exclusión.

Qué planes se aplican y dónde, qué políticas de apoyo podemos tener, qué modalidades diferenciadas podemos implementar en los centros educativos asociados a contextos más vulnerables, resultan preguntas claves a la hora de pensar este problema.

Desde mi experiencia docente puedo señalar, por ejemplo, la importancia de trabajar en el ámbito de la educación media con planes como el 94 y 2013 en formatos semestralizados, que han demostrado un alto impacto en la retención del alumno dentro del sistema educativo y en el éxito académico (con estudiantes que usualmente fracasan en otros planes y terminan desertando, quedando excluidos).

Cuando estos planes son acompañados con equipos que trabajan en contacto permanente con las familias de los alumnos, desarrollando un trabajo territorial complementario, el panorama mejora aún más. Sin embargo, estos planes siguen siendo marginales dentro del sistema educativo y no están presentes en muchas de las instituciones donde, justamente, sería muy conveniente su presencia.

 – ¿Es válido afirmar que hay una privatización de la educación pública?

– Realmente, no veo un proceso en ese sentido, salvo que consideremos que la inevitable consecuencia del panorama de desigualdad que genera la educación pública termina generando que todos aquellos padres que pueden hacer un esfuerzo económico terminan enviando a sus hijos al ámbito de la educación privada. Pero ahí de lo que estrictamente estaríamos hablando sería de un pasaje de lo público a lo privado, sobre todo por parte de un sector de clase media, pero este ya es otro asunto.

 – Teniendo en cuenta la importancia en el campo educativo que tienen Estado, Familia y Sindicatos ¿Cuál es el protagonismo que deberían ocupar?

– El Estado es el encargado de ejercer el gobierno, de conducir el proceso educativo, pero no podrá realizar la tarea con éxito si no cuenta con familias y colectivos docentes acompañando el proceso. En primera instancia, se debe comprender aquello que hace a la esencia de la política: el arte de la negociación. Debemos ser claros desde el primer momento: no hay cambio educativo posible sin contar con los docentes, que son los encargados finales de llevar adelante cualquier cambio propuesto. No es mirarse al ombligo ni caer en una mirada que “endiosa” nuestra tarea. Es, permítaseme la mirada “descarnada”, hasta una cuestión pragmática (en un sentido de accionar estratégico sin más) del asunto. Y hemos visto demasiada torpeza “política” al respecto por parte de reformistas y gestores.

El gobierno del campo educativo se ha convertido en la “tumba de los cracks”. Y lo ha sido tanto a la izquierda como a la derecha del espectro político. ¿Principal error? Los gobiernos desconocen lo fundamental y las autoridades elegidas suelen rodearse de gestores y técnicos antes que, de gente ejecutiva, reflexiva y con experiencia actual en el aula. Y esto lo digo desde la experiencia personal en el asunto. Cualquier intento con posibilidades mínimas de efectiva alteración fundamental de las políticas educativas impulsada por los gestores de la administración educativa no puede comenzar por visualizar a los profesores como parte del problema y no de la solución, pero, sobre todo, debe incorporar en los principales puestos de toma de decisiones a quienes conocen el ámbito de trabajo del aula, de la sala de profesores, a quienes vienen trabajando con los alumnos.

Hay un error en la estrategia de elección de los perfiles ejecutivos, que suelen ser personas que en algunos casos no han siquiera dado una sola clase en el sistema público, que no han compartido una charla con colegas en la sala de profesores o lo han hecho, pero desde hace muchos años no lo hacen, viniendo de ocupar cargos de dirección, inspección o similares. Hay una concepción errónea, insisto, del perfil que deben tener los cuadros principales de la gestión en educación. En nuestro país, no hay un solo docente que proviniera directamente del trabajo en el aula en cargos decisivos a nivel educativo en Uruguay. Eso lo dice todo y explica la total lejanía entre la gestión de la educación pública y el terreno real del espacio en donde finalmente se juega el partido. Ahí está la base fundamental del fracaso de administraciones de todo color. Solo el desconocimiento de cómo funciona el espacio institucional y áulico puede llevar a que permanentemente se incurra en tamaño error. Ojalá finalmente se entienda.

 – ¿Qué lugar ocupa la Cultura en la educación?

– Los principales problemas que el país está padeciendo en materia educativa tienen que ver básicamente con el debilitamiento del tejido que conforma el espacio ético-cultural. Fallará toda política de gestión o proyecto técnico en áreas como la educación si no se concibe desde el fortalecimiento de valores culturales y una cultura de valores que fortalezcan las dos áreas fundamentales de la vida de una persona: la capacidad de reflexionar y la capacidad de valorar. La cultura es un elemento central. Ya señalaba en respuestas anteriores que nuestro gran déficit es el del capital cultural. Y debe fomentarse su incremento tanto en alumnos como en docentes.

En este sentido, es clave apostar por un plan educativo cultural que abarque tanto a los alumnos y sus instituciones escolares como a los docentes y sus centros de formación. Y agregaría algo más: ese proceso debe darse con anclaje en las grandes figuras de nuestro pensamiento, en las vidas y obras de uruguayos que conforman el soporte del patrimonio cultural de nuestra sociedad. Y vuelvo aquí a insistir con un punto meridiano: es fundamental el incentivo intelectual y económico que lleve a que el docente avance y crezca en su carrera en el marco de una permanente formación.

No hay reforma, cambio, innovación, mejora cultural de todo el sistema educativo, sin docentes realmente profesionalizados (y realmente motivados por su carrera profesional y por su formación intelectual, por incrementar su nivel cultural). Luego de años donde fueron perdiendo prestigio “el intelectual”, la formación universitaria, la formación humanística –incluso por la propia impronta discursiva de referentes políticos “progresistas e ilustrados” de primera línea–, nos debemos un rápido retorno a todos los elementos posibles que nos permitan volver a legitimar y privilegiar el cultivo intelectual. Es este un paso fundamental para comenzar a abandonar el déficit de capital cultural en el que nos hemos hundido, docentes incluidos.

 – ¿Cuál es la importancia de la Filosofía y qué papel juega en la educación?

– La mediación intelectual en el marco de la era digital es, más que nunca, prioritaria. El educador sigue –y seguirá– siendo decisivo en la construcción de conocimiento. No alcanza con tener la información al alcance y la brecha de conocimiento no se acorta por simplemente colocar, por ejemplo, una computadora, un dispositivo digital en las manos de los jóvenes. Ayuda en el acceso, pero lo que en definitiva va a generar una posibilidad real de aprendizaje en el sujeto es la mediación con el mundo de la cultura que representa el docente, la familia, el entorno en el cual está inserto ese individuo.

Las tecnologías por sí solas no generan conocimientos ni aprendizajes. Y, en este sentido, es fundamental reivindicar el papel de las humanidades y, en particular, de la filosofía. El aporte que realiza en el campo argumentativo (un gran déficit que tenemos), en la reflexión ética (abriendo, entre otros puntos, el debate sobre los valores deseables de circular en una comunidad), en dotar de perspectivas de procesos de largo alcance (justamente en el marco de un mundo que pregona la inmediatez), en brindar la necesaria flexibilidad intelectual para desempeñarnos en cualquier campo profesional, en cualquier oficio o ámbito laboral, forma parte de algunas de las virtudes que nos aporta, todo lo cual redunda, por cierto, en el mejoramiento de nuestra calidad democrática.

Las generaciones que estamos formando son las que nos van a sustituir y las que instalarán los futuros debates públicos. Es vital apostar a formar jóvenes con sólida capacidad en términos reflexivos, con autonomía intelectual, de modo tal que fortalezcan nuestras prácticas democráticas. En tiempos de pandemias, la principal vacuna que necesitamos desarrollar es educativa, es filosófica, es fundamentalmente ética, antes que biológica. En un mundo intoxicado de información y de consumo exacerbado, donde el otro cada vez nos resulta más lejano, y en donde impera la lógica del lucro, la tarea de la filosofía es vital para construir una democracia fundada en la empatía, en los valores humanistas, en la ética argumentativa. Al respecto, entre otros puntos, he propuesto trabajar -en el sistema educativo uruguayo- en relación al campo de la Filosofía para niños en primaria y, en el Ciclo Básico de la educación media, zona roja de nuestro sistema educativo, incorporando el trabajo sobre Ética y Argumentación, como unidades formativas. Nos parece clave, pues, el vínculo entre educación y filosofía. Ahí, en esa relación, es que se  construye el sentido de educar.

 – ¿Cuál es el gran desafío del sentido de educar?

– La construcción de una sociedad más justa, sustentada en ciudadanos que valoran desde la autonomía reflexiva y la empatía. Formar ese tipo de ciudadano es el gran desafío de la educación. Todo lo señalado anteriormente entiendo que aporta en ese sentido.

 – ¿Desea comentar algo más?

– Agradecer la oportunidad del diálogo. Las preguntas fueron realmente a los puntos vitales del asunto educativo, convirtiéndose en un lindo desafío. Me han hecho repensar varias de estas cuestiones que vengo trabajando. Ojalá sea una instancia que articule como una invitación a seguir debatiendo y dialogando, y, también, claro, como un motivo de interés para entrar en contacto con mi libro Sobre el sentido de educar y poder leer allí el desarrollo más en extenso de los asuntos aquí abordados.

Y los invito, por supuesto, a entrar en contacto directo conmigo, a intercambiar ideas. Se me encuentra fácilmente en las redes. Una de las grandes satisfacciones que me está dando el libro es el de las decenas de comentarios y variados tipos de mensajes que me han ido llegando por parte de estudiantes, colegas e interesados en temas educativos y culturales, iniciando diálogos fructíferos, incluso generándose propuestas de trabajo en común.  ¿Qué más puedo pedir? Solo resta agradecer, disfrutar de lo todo lo bueno que está sucediendo y seguir trabajando fuertemente por la educación.

 

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Revista Fennia agradece la entrevista a Pablo Romero García, que fue publicada con anterioridad en el diario de Uruguay «El Día», realizada por el periodista Nicolás Martínez.